Cuando empresas de producción de Biogás españolas plantean sus macroplantas de biometano de 140.000 toneladas o más, siempre repiten el mismo argumento: «Europa es el modelo a seguir». Lo que ocultan en sus presentaciones comerciales es que el norte de Europa ya sufrió las consecuencias desastrosas de este modelo industrial y, tras una reguera de crisis sanitarias y ecológicas, ha tenido que dar un paso atrás, endurecer la legislación y vetar las macroinfraestructuras.
Europa no ha abandonado las macroplantas por capricho ecológico, sino porque la evidencia técnica y judicial ha demostrado que almacenar y procesar volúmenes masivos de lodos y digestatos líquidos es una bomba de relojería ambiental.
Estos son los tres casos reales que explican por qué el continente rechaza hoy el modelo que pretenden colar en España:
1. Alemania: La muerte biológica del río Jagst por vertido de digestato
En Baden-Wurtemberg (Alemania), el caso del río Jagst marcó un antes y un después en la percepción del biogás. El colapso de una instalación de digestión anaerobia provocó el vertido masivo de millones de litros de digestato líquido cargado de amoníaco y nitratos directamente al cauce fluvial.
El desastre: La altísima concentración de amoníaco erradicó la fauna piscícola y destruyó el ecosistema acuático a lo largo de varios kilómetros de cauce.
La reacción oficial: La Agencia Federal Alemana de Medio Ambiente (Umweltbundesamt) tuvo que emitir dictámenes de alerta calificando la acumulación e infiltración de las balsas industriales de digestato como una de las principales amenazas para la calidad del subsuelo y las masas de agua.
2. Francia: 50 municipios sin agua potable en Bretaña por la crisis de Châteaulin
En la región de Bretaña, el proyecto de la planta de Châteaulin desató un escándalo de salud pública cuando el desbordamiento accidental de una balsa de residuos de una macroplanta alcanzó el río Aulne.
El desastre: La contaminación microbiológica e industrial del cauce obligó a cortar de forma drástica la captación de agua potable para más de 50 municipios, dejando a más de 18.000 personas sin suministro doméstico durante días por contaminación bacteriana.
El giro judicial: La marea de rechazo social obligó a los tribunales franceses y a las autoridades ambientales a intervenir, endureciendo de manera radical las inspecciones y demostrando que el modelo concentrado de residuos no es gestionable de forma segura.
3. Italia: El colapso hídrico de la llanura del Po y la contaminación de pozos
En las regiones italianas de Lombardía y Emilia-Romaña (Mano, Cremona, Mantua y el Valle del Po), la proliferación descontrolada de estas instalaciones provocó un estado de alarma ambiental continuo.
El desastre: La saturación de digestatos líquidos en el terreno sobrepasó la capacidad de absorción del suelo, provocando la filtración masiva de nitratos hacia los acuíferos subterráneos.
Evidencia científica: Estudios desarrollados por colectivos médicos y universidades locales demostraron la presencia de contaminación por nitratos en pozos de agua potable de consumo humano, elevando las alertas sanitarias.
La paradoja española: Importar el error que Europa rectificó
Mientras Alemania, Francia e Italia corrigen sus políticas, aplican moratorias y limitan las plantas a pequeñas escalas cooperativas adaptadas al autoconsumo agrícola de proximidad , España actúa como el coladero industrial de las multinacionales.
Bajo el paraguas del "Pacto Andaluz por el Biogás" o los planes masivos en regiones como Castilla y León o la campiña sevillana, se pretende cometer exactamente el mismo error: instalar macrocomplejos tres veces más grandes que la media europea, en zonas sometidas a calor extremo estival y episodios de lluvias torrenciales que multiplicarán el riesgo de desbordamiento de las balsas.
Europa ya aprendió la lección a costa de sus ríos y su agua potable. No podemos permitir que conviertan nuestros territorios en el experimento fallido del negocio del gas.
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